Un año más, como marcan nuestras reglas, y está gravado a fuego en el sentir de nuestro pueblo desde hace siglos, el segundo domingo de Septiembre, "dominica infraoctava del Dulce Nombre de María", tuvo lugar la Fiesta principal de nuestra Hermandad, con la Solemne Función Principal de Instituto, y la gloriosa procesión de la Santísima Virgen a su ermita. Cartaya, un año más, vivio su día grande de fervor Mariano, y se echó a la calle para acompañar a su Bendita Madre de vuelta a su ermita, tras las dos semanas en la Parrouia, en las que recibe el amor de sus hijos.
Amanecía radiante"el día de la Virgen", el domingo de Consolación. Ese día Cartaya despertaba con ambiente de tradición, de típico sentir cartayero, Cartaya se despertaba con aires de fiesta, de día Grande. A las 12 del medio día tuvo lugar la Función Principal, que como es tradicional contó con la presencia de todas las hermandades de la Villa, así como las hermandades hermanas de La Bella y las Angustias, claro símbolo de la unión entre estos tres pueblos costeros en sus grandes devociones. Igualmente presente estuvieron el Excmo. Sr. Alcalde, la corporación municipal y las autoridades locales. Presidió la celebración nuestro Párroco, D. Manuel Domínguez Lepe, e intervino la Coral del Municipio. Desde aquí agradecer su buen hacer y su impagable colaboración, simpre sensible a lo que para nuestro pueblo es la Virgen de Consolación. Con la solemnidad acostumbrada, ejemplo en Cartaya, tuvo lugar la Función, que contó con la participación litúrgica de la junta de gobierno y del grupo de acólitos de la Hermandad.
Ya a las 8 de la tarde, el ambiente festivo era palpable,con un ir y venir de gente que se acercaba a la plaza, o a la misa ante el paso de la Santísima Virgen, y con la llegada de la Banda que venía tocando pasodobles y marchas militares desde la ermita. Una vez terminada la misa, ya pasadas las 9 de la noche aparecía por el dintel de la Parroquia el Cortejo procesional. Abría la Cruz Parroquial con los ciriales, y a continuación el Simpecado con los niños monaguillos. Seguidamente la bandera de la hermandad, las Camaristas con el banderín Concepcionista, el libro de reglas, el estandarte escoltado por la asociación de Amas de Casa, Hermanas de mantilla, la corporación Municipal con el Sr. alcalde al Frente y la presidencia. Antecedían el paso de la Virgen el cuerpo de acólitos,y lo cerraban las innumerables promesas y la banda de Música. Mención especial merece el acompañamiento de Sras. y Srtas. ataviadas con la clásica mantilla, cada año más numeroso, y de alabar esta forma de muchas cartayeras de acompañar a su Bendita Madre.
La Virgen inició el recorrido hacia su ermita arropada por el fervor de su pueblo, atravesando una Plaza Redonda a rebosar, entre un ambiente de júbilo y día de fiesta. El tránsito por la Calle de la Plaza fue como simpre multitudinario, y desde la casa de nuestro hermano Mayor la Virgen recibió una espectacular lluvia de pétalos organizada por los jóvenes de nuestra Hermandad. Siguió la Virgen su recorrido tradicional entre balcones engalanados,y ya en su calle "Santa María", se vivían los momento más familiares y tradicionales, se vivía como los vecinos recibían un año más a la Virgen. Como siempre, la Virgen se vio acompañada en todo momento por la multitud, por tantos y tantos cartayeros y cartayeras que generación tras generación la han tenido como su faro y guia. Momentos mágicos en la entrada por la verja de la ermita de vuelta a su pueblo, y la subida de la cuesta, a los sones de Rocío y Pasan los Campanilleros. Una vez en la puerta de la ermita, en la plazoletilla, el paso se detuvo para que tuviese lugar una de las tradiciones más antiguas y arraigadas de Cartaya, como es la "puja de maniguetas". Fueron un año más, pujadas las 14 maniguetas del paso para llevar a la Virgen desde la puerta al interior de su ermita.
Una jornada sin igual la que, otro año más, vivió Cartaya el segundo domingo de septiembre. Un día, y especialmente, una noche, cargada de sentimientos, de fervor, de tradiciones y recuerdos, para un pueblo que desde tiempo inmemorial ve en la Santísima Virgen de Consolación su faro y guía, el consuelo de sus penas y la causa de sus alegrías, un pueblo que la arropa como a su Bendita Madre, y que la ensalza como su Reina y Señora, un pueblo que la tiene como su protectora desde tiempo inmemorial, y la lleva en su ser como un de sus símbolos principales. Un año más, Cartaya y Consolación, se fundieron en uno.

































































































