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jueves, 28 de agosto de 2014

Los festejos populares en honor a la Virgen de Consolación en Cartaya: orígenes y evolución histórica

En cinco siglos de historia, mucho ha cambiado la celebración de los cultos en honor a la Virgen de Consolación. Con la pervivencia de unos actos, la institución de otros, o la recuperación de aquellos que en su día se perdieron, siempre han contado con especial arraigo entre los cartayeros, y con el carácter propio de devoción protectora y de extrarradio, orientados hacia la Virgen y su ermita en el campo.

Aunque no hay constancia documental, la dedicación de festejos populares en honor a la Virgen en torno a la celebración de sus cultos posiblemente tenga su origen en el siglo XVII, de forma paralela a la fundación de patronatos y capellanías por cartayeros, y como ocurría por aquel entonces con otras ermitas periféricas y de marcado carácter protector, como la de las Reliquias. Así, en 1667 Tomás Antonio Jurado funda un patronato con procesión, sermón y misa cantada en la Fiesta del Dulce Nombre de María, germen de los cultos que aún son dedicados a la Virgen en el mes de septiembre. Igualmente, de entre las fundaciones particulares constatadas a partir de 1670, destaca la capellanía fundada por Diego Guerrero en la que instituye una Misa Cantada el día de la Asunción, con vísperas el día antes.

Por lo tanto, podemos esbozar una doble celebración de cultos en honor a la Virgen de Consolación ya en el siglo XVII: por una lado los de agosto, el día 15, y por otro los de septiembre, en la Festividad del Dulce Nombre de María, el día 12.

Avanzó el siglo XVIII con la celebración de los cultos en su honor mencionados, y a este siglo corresponden las primeras referencias conservadas en relación a la celebración de festejos populares en honor a la Virgen. Según recoge el libro “La Ermita de Consolación de Cartaya", “el dato más antiguo nos lo proporciona la relación de rentas que el Duque de Béjar percibía de su villa de Cartaya en los primeros años del siglo XVIII, donde aparece la alcabala de la feria de Consolación, extramuros de dicha Villa. Se trataba de un acontecimiento festivo comercial (…). Dicha feria pervivió hasta las cercanías de 1787. Así lo indica el párroco D. Juan Salas y Villar, quien envía una carta sobre la Villa al geógrafo real Tomás López, en la que dice: 

…y al norte, inmediata a la población la (ermita) de Nuestra Señora de Consolación,
 donde el 15 de agosto había hasta ahora pocos años una corta feria o mercado”.

Probablemente esta “feria”, estuviera en relación con el culto instituido desde el siglo anterior el día 15 de agosto. De este modo, los actos celebrados en el siglo XVIII en honor a la Virgen, ya eran acompañados de unos festejos populares en su honor.


Diario de D. Celestino Maestre, Capellan de la Ermita a mediados del siglo XIX,  donde hace referencia a la Romería o Velada de Consolación. Archivo de la Hermandad.

El siglo XIX fue especialmente significativo e importante para la devoción de Consolación. Entrados ya en dicha centuria, la situación cambió con respecto a la anterior, y perdida la celebración de la “feria de agosto”, no sabemos en qué fecha concreta se comenzó a celebrar la Romería de Consolación, como es recogida ya en 1859 por el Capellán de la Ermita, D. Celestino Maestre. Esta romería o velada -como también era conocida-, se celebraba no en torno a la función de agosto, sino en la Fiesta Principal de la Virgen del 12 de septiembre, y hasta hace pocas generaciones permaneció en la memoria colectiva de los cartayeros. Celestino Maestre, presbítero cartayero, impulsor y benefactor de la devoción a la Virgen, menciona que era costeada por el Ayuntamiento, y en ella destacaban los fuegos artificiales y los “puestos de bebidas” situados junto a la Ermita. Es destacable como la celebración de los cultos de septiembre era muy diferente a la actual, y poseía un marcado carácter de fiesta en torno a una devoción no situada en el casco urbano, sino en el campo. Los cartayeros peregrinaban diariamente a la ermita, por aquel entonces en medio del campo, para acudir a la novena que antecedía a la celebración del 12 de septiembre, día en que se celebraba la velada o romería. Como recoge D. Celestino en el libro de cuentas de la ermita, era costumbre acompañar la velada, la víspera, la procesión, e incluso un rosario, con el tamboril y la flauta- o gaita-, para lo cual venían tamborileros de pueblos cercanos como Villablanca, San Bartolomé o Castillejos. Por aquel entonces, la Virgen solo bajaba al pueblo extraordinariamente por rogativas, procesionando alrededor de la Ermita y llegando solo hasta las primeras casa del pueblo, que en aquellos años no se prolongaba más allá del final de la Calle Santa María. Todos estos datos nos hacen establecer un paralelismo con otras devociones cercanas y por todos conocidas que aun hoy mantienen la celebración de unos cultos similares, como por ejemplo Villablanca en honor a la Virgen de la Blanca o La Puebla de Guzmán en honor a la Virgen de la Peña, por citar algunos.

Según diversas fuentes, la celebración de esta romería desapareció a finales del siglo XIX, por la coincidencia con otras fiestas de pueblos cercanos, y muy probablemente también propiciada por el comienzo del traslado anual de la Virgen a la Parroquia para la celebración de los cultos, como manifestación del creciente auge de la devoción producido durante dicho siglo. 


Detalle del Programa de Cultos de 1958. Archivo de la Hermandad

Comenzó entonces, y durante el siglo XX, una nueva etapa de renovación en la celebración de los cultos, con las dos procesiones y la novena en la Parroquia, que aún conservamos. Pero aunque desaparecieron las fiestas de la ermita, no desapareció el carácter festivo de los actos en honor a la Virgen, como recogen las actas de la Hermandad de los años 20 y 30, y los programas de cultos de los años 50. Concretamente, el de 1958 señala como se acompañaba de “Festejos Populares” el día de la Subida, con diana, encuentro futbolístico, concierto de la Banda de Música en la Plaza y fuegos artificiales. 

En esta línea de puesta en valor de su historia y tradiciones, acertadamente la hermandad decidió el pasado año recuperar el antiguo aspecto festivo de los cultos en honor a la Virgen, mirando al pasado pero adaptándolos a la realidad actual, renovándose pero con la esencia de lo que en siglos pasados fueron.

Gonzalo Navarro Ambrojo.

Bibliografia: "La Ermita de Consolación de Cartaya". Asociación Cultural Carteia. Cartaya, 1997.

martes, 7 de febrero de 2012

Historia: Siglo XX (II): El paréntesis de la Guerra Civil. 1936-1939

Del discurrir normal de la vidad de Hermandad desde 1933, es representativo que el 11 de julio de 1936 se encale la ermita a fin de contribuir a su mayor realce de cara a los cultos de septiembre. Esto nos indica que todo seguía los cauces habituales propios de la época de bonanza que vivía la corporación.



En el mes de febrero se habían producido cambios en la situación política de España, pues tras las elecciones generales, llega al poder el Frente Popular, y por consiguiente se produce una vuelta a los ideales del primer periodo republicano.



En la provincia, el clima de conflictividad social arreció desde el mes de marzo, y también nuestro pueblo vivió algunos hechos que demuestran la inserción en el ambiente de enfrentamiento violento, hechos en los que la cuestión religiosa está presente de una forma u otra: el párroco fue culpado de las heridas producidas por unos disparos a un civil en unos disturbios entre las fuerzas del orden público y unos manifestantes en la Plaza. Fue llevado a la cárcel y una vez liberado marchó a Sevilla. Por otro lado, el nombramiento del nuevo alcalde socialista no fue aceptado por su antecesor de derechas, negándose a abandonar la alcaldía.



Todos estos enfrentamientos son la antesala de los que sobrevendrán tras el golpe militar del 18 de julio de 1936. Nuestra provincia se configura como un área de conflicto, por encontrarse cerca de la zona sublevada, y permanecer en zona republicana hasta el día 29 del mismo mes. El Gobierno Republicano, incapaz de controlar la sublevación, es testigo de las reacciones populares que se producen en apoyo de la República. De este modo, un contingente de 500 obreros de la minas de Riotinto, se desplazaron a Sevilla con la intención de derrocar a los sublevados, pero su derrota y regreso a Huelva provocó un clima de inseguridad y desorden en torno a las clases conservadoras y la iglesia, produciéndose a partir de entoces los conocidos saqueos de templos.



Los días 19 y 20 de julio se producen los saqueos de Huelva, Corrales e Isla Cristina, pero sobre todo es el día 21 el que va a concentrar la mayor parte de la actividad destructiva de estos grupos de mineros contando con el apoyo de vecinos de los distintos pueblos.



Según las narraciones de los hechos conservadas en el Libro de Actas de la Asociación y Corte de Honor y a las notas recogidas por el párroco, podemos reconstruir los hechos, dejando a un lado la subjetividad propia de los narradores.



Los saqueos comenzaron en la Parroquia, que fue desalojada de todas sus imágenes y retablos, siendo éstos transportados a la Ribera para su quema, mientras que el archivo parroquial y otros enseres fueron quemados en la plaza Redonda. Continuaron en la ermita, prácticamente sin testigos debido a su situación extramuros y al pánico que entre los vecinos produjo el saqueo de la Parroquia. Según la versión popular la Venerada Imagen de la Virgen de Consolación, fue arrojada desde al camarín y junto con el mobiliario, retablos y demás enseres de la ermita, fue quemada en el lugar que ocupa hoy la plazoleta. Se conservan de la imagen, únicamente, las manos de la Virgen y algunos fragmentos de ésta y del Niño, así como parte de la corona fundida.


Del mismo modo, se salvó de la quema la pequeña imagen de candelero de la Virgen de la Reliquias, actualmente custodiada en el domicilio particular de los descendientes de un hermano en la vecina localidad de Lepe.



Estas jornadadas de gran tensión y conflictividad finalizaron con la toma de la capital por los nacionales el 29 de julio, quedando de manera inmediata toda la provincia bajo su control.



La normalidad, rota por estos sucesos, no se empieza a restablecer en la vida de Hermandad hasta el mes de septiembre. Se registra una reunión en el libro de actas, con fecha 15 del mismo mes, en la que se describen los "días de dolor para la Asociación", en referencia al 21 de julio, y se acuerda celebrar los cultos, marcados por la ausencia de la Venerada Imagen de la Santísima Virgen de Consolación. De tal forma, el estandarte o Simpecado con la imagen de la Santísima Virgen, fue entronizado en la Capilla del Sagrario de la Parroquia, único espacio restaurado en aquella fecha. Fue, por lo tanto, Nuestra Madre de Consolación, representada en su estandarte, la primera de las devociones de nuestro pueblo en ser repuesta a la veneración de sus devotos, una vez reabierta al culto la Parroquia.



Pero la falta de la Imagen Titular impedía notablemente el desarrollo de los cultos ordinarios, reducidos durante esta fecha y hasta que se realiza la nueva imagen. No obstante, y como ya hemos comentado, la imagen fue sustituida durante estos años por su estandarte, y ante él se celebró la novena durante dichos años: en 1936 en el Sagrario, y entre 1937 y 1939, en el Altar Mayor. La celebración principal de nuestra Hermandad revistió durante estos años un macado caracter penintencial y de oración motivado por el desarrollo de la Guerra Civil, no realizándose como es lógico las procesiones de bajada y subida, las postulaciones públicas ni las pujas, aunque si un Rosario de Penitencia que todos los sábados partía desde la Parroquia hasta la ermita desde julio de 1937.



Todo ello supuso un importante recorte en las cuentas de una Hermandad que hasta entonces había vivido una etapa de apogeo y engrandecimiento del culto, haciendo dificil el proceso de reparación de los daños sufridos. No obstante, en 1937 se inician los arreglos en la ermita, cuya nueva ornamentación se hace a cargo de donaciones de los devotos, así como mediante la venta de medallas o retratos de la Imagen desaparecida. No debemos de olvidar tampoco que una de las fuentes de ingresos tradiconales de la Hermandad era la producción de la tierra de su propiedad. En estos años se encontraba sembrada de trigo, de elevada retabilidad éste en épocas de carestía. Todos estos ingresos hacen que, a pesar del grave inconveniente de los daños sufridos en los primeros compases de la guerra, el saldo de tesorería se multiplique por quince desde el año 1937 hasta el 1939.



Pero sin lugar a dudas el mayor y principal propósito de la Hermandad era la realización de la nueva Imagen de la Santísima Virgen. Ésta, pudo haber sido costeada por alguna de las familias acomodadas vinculadas tradicionalmente al culto a la Virgen, como ocurrió con las demás imágenes desaparecidas en nuestro pueblo, pero dada la histórica y anclada devoción de los cartayaros hacia su Madre de Consolación, su ejecución fue costeada por suscripción popular. De que, contrastando con arraigada devoción a la Virgen, esta no llegase a Cartaya hasta 1940. Dicha suscripción, aprobada por el Arzobispo Cardenal Segura y Sáenz y el Ministro de la Gobernación, fue comenzada el 25 de abril de 1939, recién terminada la Guerra Civil, con la colecta a cargo de la señoras integrantes de la Junta Directiva, que recorriendo las calles del pueblo tomando nota de los donativos y sus donantes, para, como era común en la época, su posterior publicación en prensa. En un principio la Asociación había acordado la adjudicación de la realización de la imagen al escultor sevillano D.Francisco Ruiz Rodríguez, pero dada la gran cantidad de encargos que los escultores hispalenses tenían para sustituir las imágenes desaparecidas, y en un deseo de tener lo antes posible a la imagen de su devoción en Cartaya, acordaron encargar su ejecución al onubense D. Joaquin Gómez del Castillo, a propuesta del antiguo párroco D. Luis Cruz. La imagen, que debía estar realizada con la mayor riqueza y reproducir con la mayor exactitud a la desaparecida en 1936, debía estar terminada para la celebración de los cultos del año 1940, como así fue.


martes, 15 de noviembre de 2011

Historia: Siglo XX (I): El primer tercio del siglo. La reorganización.

En los primeros años del siglo XX, y hasta la Guerra Civil, Cartaya experimentó un auge económico y poblacional que llegó a duplicar su número de habitantes.


La vida social se hace más participativa, y el afán asociativo que llevó a crear colectivos civiles tuvo también una grán repercusión en el ámbito religioso, siendo una época de reorganización de hermandades, con la intervención directa del párroco.

De octubre de 1925 data la Constitución de la Asociación y Corte de Honor de Ntra. Sra. de Consolación de Cartaya, que se dota el 11 de noviembre de 1926 de sus Reglas, siendo aprobadas el 5 de Febrero de 1927 por el Arzobispado. Tantos las Reglas como el documentos de su aprobación por el Arzobispado utilizan la palabra reorganización, aún no conservándose actualmente documentos sobre la existencia anterior de la hermandad.


La Asociación estaba regida por una Junta Directiva exclusivamente integrada por mujeres, aunque podían pertener a ella fieles de ambos sexos. Contaba ya por aquel entonces con una completa extructura de funcionamiento. La Asamblea o Cabildo era el órgano superior, que se reunía ordinariamente en el mes de agosto para la preparación de los cultos de la Virgen. Del día a día de la Asociación se encargaba la Junta Directiva, cuyo director espiritual, así como presidente nato era el párroco. La gestión directa recaía en la presidenta efectiva y en la vicepresidenta, acompañadas en ello por los demás miembros de la junta, cuyos cargos eran los de tesorera, vicetesorera, secretaria, vicesecretaria, camarera y hasta 11 vocales. Igualmente en los inicios se contemplaba la figura de la Presidenta honoraria.


Fue el primer director espiritual y presidente el párroco D. Luís Cruz Sánchez, presidenta honoraria Dña. Pilar Zarandieta y Camarera Dña. María Teresa Vides Berges. Pero la Presidencia efectiva correspondía a Dña. Amparo de Berges Clemente, quien se convirtió en pieza clave de la corporación durante sus 23 años de mandato, desde 1926 hasta 1949, año en que le sucedión en el cargo su sobrina María Teresa Vides, anteriormente camarera, hasta 1951, relevando a ésta última Dña. Julia Mora Pérez hasta 1958.


Con la creación de la Asociación, en la cual estaban representados todos los estratos sociales de la población dada la arraigada devoción de la Virgen, se produce un proceso de relanzamiento del culto. Muestra de ello es que en el mismo año 1926 fueran concedidas indulgencias a quienes visitasen a la Santísima Virgen, y que la misma jerarquía eclesiástica refrendara la importancia de la devoción cuando el Arzobispo de Sevilla, Cardenal Ilundain, visita la ermita el 8 de junio de 1930.


En esta línea, en 1926 la Santísima Virgen estrenó nuevo paso, realizado en Sevilla por Francisco Ruíz Rodríguez, y ya descrito en una entrada anterior( http://consolaciondecartaya.blogspot.com/2009/02/el-paso-de-1926.html ), así como el manto de salida afortunadamente aún conservado. Igualmente, en ese mismo año se comenzaron importantes obras en el santuario.


Este relanzamiento del culto a la Santísima Virgen gestionado por la recién creada Asociación y Corte de honor, conto con el apoyo popular. La contribución económica del pueblo siguió siendo fundamental en la financiación de los cultos, para lo que se recurría a los métodos tradicionales como eran las postulaciones públicas por parte de la santera o la petición de limosnas en las mesas petitorias de la novena por parte de señoritas designadas por la Asociación, así como hechos más novedosos como la venta de medallas de la Hermandad o funciones de teatro. Sin olvidar como había sido también común, las donaciones de objetos de oro y plata.


En 1929 la Asociación adquiere una finca que rodea a la ermita al Ayuntamiento, que la había adquirido en 1927 con la idea de convertirla en parque, desestimándose dicho proyecto para finalmente ser cultivada, obteniendo beneficios la Asociación.


Los cultos, aunque siguen siendo en esencia los tradicionales, en estos momentos registrarán cambios importantes. Ya a mediado de la década de los años veinte se venían desarrollando de la misma forma que en nuestros días, trasladándose a la Parroquia para sus cultos anualmente, volviendo a la ermita en procesión al término de éstos. Dicha costumbre de celebrar anualmente la novena en la parroquia, a diferencia de la costumbre tradicional de celebrar la novena en la ermita y realizar los traslados a la de San Pedro solo por rogativas u ocasiones especiales, tuvo que producirse entre finales del siglo XIX y el año 1926, en que en las primeras actas de la Asociación se describe como tras la novena se realizó la procesión de traslado a la ermita. Se describe también en las actas, concretamente en las de 1930 como el cortejo lo componían dos filas de señoras delante del paso, acompañando las autoridades municipales detrás del mismo.


También desde los inicios de la Asociación se tiene constancia del acto de la puja de las maniguetas, ya consistente en una cantidad de dinero por portar el paso en la entrada en la ermita, calificándola de tradicional. También de antigua y tradicional costumbre se califica la celebración de un viacrucis en la ermita, para el que en 1930 pide permiso el párroco.


A lo largo de estos años el discurrir normal de los cultos sufrió alteraciones por diversos motivos: en 1928 el traslado a la parroquia tuvo lugar en abril por reformas en la ermita, en 1929 obras en la parroquia motivaron cambios, y en 1931 la Virgen volvió a salir en rogativas hasta la Parroquia por la sequía, obteniéndose abundantes lluvias el mismo día. Pero los cambios más relevantes se produjeron en 1931 y 1932, motivados por el gobierno de la Segunda República.


Las procesiones de los años anteriores contaron con el apoyo municipal, figurando las autoridades en un lugar preferente del cortejo y contando con gran fervor popular, como así lo descirbe El ideal cartayense en 1930: <<... a continuación la suntuosa imagen, con su cetro en mano y luciendo el rico manto en oro y seda detrás la presidencia formada por la Corporación Municipal y todo el elemento oficial de esta villa, cerrando la marcha la banda de música cartayera y el pueblo en masa>>. Con el cambio de régimen político y el nuevo Ayuntamiento reformista, las relaciones entre éste la institución eclesiástica se distanciaron. De tal modo, el Ayuntamniento intentó limitar considerablemente el desarrollo de la procesión de regreso de la Santísima Virgen, remitiendo el alcalde el día previo a ésta una carta al párroco en la que autorizaba la procesión pero a las diez de la mañana, prohibiéndose el acompañamiento de la Hermandad formada, música, cohetes así como cánticos y vítores a la Virgen.




El párroco contestó el mismo día al oficio del alcalde, comunicándole la imposibilidad de llevar a cabo la procesión en tales términos por dos motivos fundamentales: el estar celebrándose a esa hora la Función con la Virgen en su altar de cultos, y porque decorosamente no podía ser trasladada la Virgen sin el acompañamiento de su Hermadad. Ante dicha situación, la Junta Directiva acordó suspender la procesión y trasladar su protesta ante dicha arbitrariedad al Gobernador y al Ministro de Gobernación, pidiendo a los devotos <<calma, no celebrar manifestaciones ni comentarios. El asunto está en manos de la Virgen>>. Finalmente, tras la solución del Gobernador, la procesión tuvo lugar días después, por la mañana y a la hora fijada, aunque permitiéndose el acompañamiento de la Hermandad, participando gran cantidad de devotos. Especialmente emotivo fue el discurrir de la Virgen por la calle Santa María, tras irrumpir un vecino con vivas y alabanzas a la Virgen, contagiando a todos los presentes su emoción, que acompañaron a la Virgen con el mayor fervor hasta su ermita.


Al año siguiente, en 1932, la situación volvió a ser conflictiva. Tras una ambigua autorización del alcalde, la Asociación acordó la celebración de los cultos en la ermita, con una sola procesión de la Virgen alrdedor de la ermita.


Con el cambio a un Ayuntamiento conservador tras las elecciones de abril de 1933, y la consiguiente regularización de las relaciones con la Iglesia, las limitaciones a las procesiones desaparecerán. Es por ello que los cultos a la Santísima Virgen vuleven a atravesar una fase de normalidad e incluso de alza desde 1933 hasta el verano de 1936. Así, en estos años se celebraron las prcesiones de ida y venida con la solemnidad habitual y el acompañamiento de bandad de música, y se realizaron todos los elementos necesarios para la exaltación de la Virgen en sus cultos: doseles, altar portatil, alquiler de arañas de cristal. La participación popular fue importante, como lo demuestran la venta de medallas o la concurrencia de sacerdotes de otros lugares para atender la comunión en la Función.


Fruto de estos buenos momentos se llevaron a cabo en 1935 importantes reformas en la ermita, como la construcción del muro de contención y el empedrado del camino, así como la restauración de la imagen de la Virgen, celebrándose los cultos acompañados de música, con las tradionales postulaciones y gran afluencia de fieles.


Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Historia: Siglo XIX (IV)



El auge de la devoción en el siglo XIX, se vió favorecido por un sistema de dirección y administración que garantizó su permanencia. En relación a la ermita, siguió utilizandose el sistema heredado de siglos anteriores, como era el Administrador de ermitas, que nombrado por el Arzobispado, era el encargado de todas las existentes. Esta situación de variedad de ermitas a cargo del administrador se dio hasta 1832, en que ya sólo quedaba al culto la de Consolación, fecha en la que ocupaba el cargo D. Fernando Román. Además de este cargo, la ermita tenía un santero o ermitaño, que se encargaba del cuidado y adecentamiento del edificio.


Tras la muerte de D. Fernando Román, tomó el cargo de administrado el ya mencionado en variaos ocasiones presbítero D. Celestino Maestre, sobrino del anterior y una de las figura fundamentales en torno a la devoción de Consolación en el siglo XIX.


El periodo de dirección de D. Celestino fue una fase de gran desarrollo tanto de la devoción como del patrimonio artístico del Santuario, debida a su correcta administración de los bienes. Muestra de ello pueden considerarse algunos inventarios realizados. En uno de ellos, realizado recién llegado en 1844, se recogen, además de los enseres, <<una bula o privilegio condeciendo indulgencia plenaria a los que, previa confesión y comunión, visitasen debotamente cada año la Iglesia Hermita de Santa María de la Consolación a extramuros de esta Villa>>.


El control de la administración del patrimonio, los cultos y demás aspectos del Santuario correspondía, como en siglos anteriores, al visitador de ermitas del Arzobispado, al margen y fuera de la dependencia de la Parroquia. D. Celestino describe con todo detalle en su diario la visita realizada en 1853, anotando que para tal visita fue limpiada y encalada y que el escríbano público había especifiado las cuentas en el libro de carga y data de la ermita con un notable superavit. La devoción se encontraba en un momento floreciente, prueba de ello es que en una nueva visita en 1860, el visitador del Arzobispo González Cienfuegos anotó en su informe que la ermita estaba en buen estado de conservación, haciéndose eco de la belleza de la imagen, que en esos momento se hallaba sobre sus andas procesionalesrecubierta con el manto y adornada con joyas de oro y plata.


No hay constancia de propiedades rústicas o urbanas, y parece que de haberlas tenido, no las conservaba ya en el segundo cuarto del siglo, puesto que los efectos desamortizadores sobre los bienes eclseiásticos no afectó a la ermita.


Los fondos para el sostenimiento de lso cultos y del propio edificio llegaban fundamentalmente de las aportaciones populares, limosnas y colectas. También ser realizaban rifas, normalmente de animales donados, que eran paseados por el pueblo para su publicidad, previa autorización del Ayuntamiento. Otra forma de ingresos, aunque parece que limitados a los festejos populares, eran las aportaciones del Ayuntamiento. Completaban los ingresos los pagos de las pujas, las limosnas en las andas durante la procesión, en la ermita o las misas, así como la venta de estampas.


A partir de 1871, con la muerte de D. Celestino, se abre un vacío documental, pues a diferencia de la abundancia de datos tomados por él en sus manuscritos, el único documento hasta 1926 del que se tiene constancia es un inventario realizado en 1886 por D. Diego Corpas. Este vacío se ve motivado a la posible finalización del control de la ermita por el Arzobispado, debiendo pasar a depender directamente de la Parroquia, y dejando de existir una persona como D. Celestino que, al cargo de la ermita, recopilara datos sobre el edificio y la devoción. Quedarían como únicas fuentes el archivo parroquial, destruido casi en su totalidad en 1936, y las anotaciones de los Hermanos Corpas, que recopilaron datos históricos sobre Cartaya, pero al centrarse especialmente en aspectos históricos y arquitectónicos, y omitir datos cruciales de sobre las devociones locales del momento, no aportan una imagen certera de la situación de la devoción.


Este vacío documental no terminará ya hasta entrado el siglo XX, concretamente con la fundación de la Asociación y Corte de Honor, que retomará de nuevo la recopilación de datos sobre la devoción.

martes, 8 de noviembre de 2011

Historia: Siglo XIX (III)

El proceso de popularización de la devoción y engradecimiento del culto va de la mano del sentido tradicional de protección y consuelo tan relacionado desde su orígenes con la advocación.


En esta línea, por primera vez se tiene constancia escrita de uno de los milagros de la Virgen: Según recoge D. Celestino Maestre en su Diario en 1862, la Virgen libró a una mujer llamado Dolores, esposa de Francisco Galán, de un rayo que cayó en su casa, y que tras atravesar una pared maestra, desconchó las paredes y destrozó varios cuadros de Santos, cayendo la estampa de la Santísima Virgen de Consolación de uno de ellos sobre la mujer, echada en el suelo, protegiéndola de los efectos del rayo.


Pero donde especialmente se seguirá manifestado este sentido protector es en la participación de la Santísima Virgen en todas las procesiones de rogativa, tan frecuentes en el siglo XIX, y que tenían fundamentalmente dos motivos: la liberación del cólera morbo y la sequía, especialmente el primero de ellos.


Al igual que en siglos pasados, la Virgenen era acompañada en las rogativas del cólera por otras imágenes, como San Sebastián, San Roque, e incluso Padre Jesús en 1856. Al contrario que la devoción a la Virgen de Consolación, la de los otros dos santos protectores tradicionales de la esfermedades ya mencionados se encontraba en fase de decadencia, por lo que la Stma. Virgen se constituía en el centro de estas procesiones extraordinarias, que conllevaban recorridos excepcionales con bajada de la Venerada Imagen hasta la Iglesia, donde se dedicaban novenas y funciones en su honor para suplicar su intercesión, celebrando un culto de acción de gracias en el caso de alcanzar el favor implorado.


En su Diario, D. Celestino Maestre anotó todos los detalles de estas rogativas. El 9 de agosto de 1854, al avanzar el cólera por los pueblos cercanos, se organizó una procesión de rogativa para librar al pueblo del azote de la epidemia. La comitiva, formada por un nutrido cortejo que incluía al Ayuntamiento en pleno, partió con la imagen de San Sebastián hasta la Ermita de Consolación, donde fue recogida la Virgen y posteriormente llevada a la parroquia, iniciándose esa misma noche una novena extraordinaria. En la Parroquia permaneció la Virgen, y tras librar al pueblo de la epidemia pasado dos meses, en octubre, se organizaron las comisiones de hombre que empezaría a recaudar limosnas con el fin de realizar una Función de acción de gracias, que tendría lugar el 25 de noviembre, e incluiría también a San Sebastián, y que debía contar con todo aquello que contribuyese a su máximo lucimiento: el párroco de Ayamonte predicaría el Sermón, un pabellón cubriría el altar mayor, se imprimieron folletos y no se escatimó en cera, ornato y fuegos artificiales. El día de la función se iniciaron los cultos con maitines solemnes y novena en honor a la Stma. Virgen, así como con un castillo de fuegos artificiales, continuando el día siguiente con <>, finalizando por la tarde con una solemne procesión con las dos imágenes. La Virgen permaneció en la parroquia hasta el 5 de enero de 1855, en que due trasladada a la ermita en procesión solemne, con acompañamiento de catores y organo. Con leves variaciones, este sería el organigrama que a partir de entonces se repetiría en las siguientes rogativas.


Pero la epidemia, que se creía acabada, seguía dando coletazos por los pueblos vecinos en 1855, por los que el 15 de Julio volvía a realizarse otra procesión de rogativa, acompañada esta vez, junto con San Sebastián, por San Roque. A ésta le siguió, como de costumbre las novenas y los demás cultos de rogativa.


A partir de enero de 1856 la epidemia se reprodujo con más virulencia, afectando ya de lleno a la villa. Es por ello que el dia 10 del mismo mes, se organizó una nueva procesión de rogativa y a la que, en un intento desesperado de acumular imágenes medidoras ante la magnitud del problema, se incorporó la imagen de Padre Jesús.


La relación de la devoción con el mundo de las enfermedades espidémicas conoció en la segunda mitad del siglo otros hechos dignos de ser analizados, tales como usar algunas de sus dependencias como enfermería o lazareto, al menos hasta 1890.


En relación a las rogativas por la sequía, aunque menos trájicas que las ya mencionadas, fueron muy habituales teniendo en cuenta lo rural de la sociedad cartayera. Hay constancia documental de que estas se produjeran en 1849, 1850, 1851, 1855, 1857 y 1861, y en todas ellas procesiona exclusivamente la imagen de la Santísima Virgen, por lo que se puede entrever la relación de la Virgen de Consolación con los aspectos agrarios, vínculo que se mantendrá hasta nuestros días.


En estas circusntancias, la devoción a la Virgen alcanzaba influnecia comarcal. Prueba de ello es que fuese vistada por famílias foráneas, que personas de los pueblos cercanos participaran en las pujas, y las donaciones documentadas de vecinos de San Bartolomé, Ayamonte, Alosno, Isla Cristina, Lepe, Cádiz, La Puebla de Guzmán y Aljaraque entre 1845 y 1859.

Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

lunes, 7 de noviembre de 2011

Historia: Siglo XIX (II)



Entrado el siglo XIX, los cultos alrededor de la Virgen seguían siendo los mismos que venían celebrándose desde el siglo XVII, es decir, procesión, sermón y la Misa Cantada.


La Misa cantada ya aparece denominada como Función, y destacaba la gran solemnidad con la que era celebrada: adorno de la ermita a base de colgaduras, colchas y flores, así como la <<composición>> de la propia Imagen, lo que ya por entonces generaba importantes gastos. El Sermón, era el segundo acto fundamental de los cultos, por lo que para ello eran reclamados afamados predicadores, a fin de dotar a las fiestas del renombre y el lucimiento que una devoción tan arraigada requería.


La procesión, hasta finales del siglo XIX se celebraba, según el Padre Corpas << ... todos los años el día del Dulce Nombre de María (...) y se saca en procesión a Nuestra Señora hasta las paredes de la villa>>. De tal modo, la procesión conservaba aún su antiguo caracter periférico, alrededor de la ermita, no yendo hasta la parroquia en su procesión ordinaria, sino en ocasiones especiales por rogativas organizadas en momentos de calamidades públicas, como consecuencia del caracter protector de la devoción. No será ya hasta los últimos años del siglo XIX cuando se instituya anualmente la costumbre de traer a la Virgen a la Parroquia para la celebración de sus cultos, volviendo a la ermita el día de su festividad. Ya por aquel entonces formaba parte de la solemne procesión, a parte de los fieles, el clero y los músicos, los miembros del Ayuntamiento, símbolo inequívoco del papel dominante que la Virgen ocupaba dentro de las devociones de Cartaya.


La procesión llevaba asociado el acto de la puja, aún hoy conservada como una de nuestras más arraigadas tradiciones, llevándose a cabo tanto en la procesión de septiembre como en las de rogativa , con ida y regreso. Se pujaba por sacar o llevar las andas, no necesariamente por meterlas en la ermita, y el caracter familiar aún tan característica, estaba ya presente en el siglo XIX. Curiosamente, el pago de ésta podía hacerse en metálico o en especies ( trigo, frutos, animales...).


La música ocupaba un papel relevante en los cultos, señal inequívoca de bonanza económica en torno a la devoción a la Santísima Virgen: Música de órgano y sochantre para las coplas, durante la novena, amén de cantores para la Función, que solían venir de fuera. Especialmente interesante era la costumbre de acompañar los actos con el tamboril y la flauta, también nombrada como gaita . Los tamborileros solían ser de pueblos como Villablanca, San Bartolomé o Castillejos, y acompañaban la velada, la víspera, la función, la procesión y el ya por entonces celebrado Rosario público. No hay constancia cierta del momento en que se abandonó este tipo de acompañamiento, aúnque es posible que fuera en torno a 1852 al ser reemplazado progresivamente por bandas de música.


El claro aumento del culto a la Santísima Virgen y sus manifestaciones públicas propiciaron una importante actividad en torno a la renovación de los elementos decorativos y procesionales, siendo la muestra más clara de ella el periodo en que D. Celestino Maestre fue el encargado de los cultos de la Virgen como Capellán de la ermita. La arraigada devoción a la Virgen, unida al impulso de este presbítero cartayero, hiceron que la procesión y el culto en general aumentaran en lujo y lucimiento: Nuevas corona y cetro de plata (1845 y 1846 respectivamente), nuevas andas doradas, peana, sillón y retablo en 1850, así como nuevo manto y toca en 1852, todo esto sumado a la importante restauración del edificio que paralelamente se llevó a cabo.


A esta época corresponde la costumbre de vestir a la Santísima Virgen, en una búsqueda de un mayor efectismo y un mañor lucimiento procesional, aún no estando la imagen concebida para tal fin. Igualmente, también se le colocaba a la Virgen una peluca rizada, costumbre que se mantendría ya hasta su desaparición en los trájicos sucesos de 1936, mientras que por el contrario la costumbre de ser vestida fue abandonada tras la restauración a la que fue sometida en 1934.

La gran proyección popular que la devoción de la Virgen alcanzaba atraía a personas que realizaban donaciones de objetos de culto, de decoración para incremetar el patrimonio de la ermita, o para el ajuar de la imagen, destacando especialmente los familiares de D. Celestino Maestre, que llegaron incluso a donar una finca en 1858 para su venta.


Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

jueves, 13 de octubre de 2011

Historia: Siglo XIX (I)



El nuevo impulso registratrado a finales del siglo XVIII, en el que entre otras cosas se realizó la nueva imagen y escribió la Novena el Venerable Contreras, confirmó el caracter popular de la devoción de Ntra. Sra. de Consolación en Cartaya.


Haciendo un estudio panorámico sobre es estado en que se hallaban las devociones locales y poder situar en ellas la de Ntra. Sra. de Consolación, debemos tener en cuentalos cambios sustanciales producidos con respecto al panorama religioso de siglos anteriores.


En el proceso de declive iniciado a finales del siglo XVIII sobre las devociones de caracter Protector, dentro de la cual se encontraba la Santísima Virgen, la mayoría de ellas caen en el abandono, hasta tal pundo de desaparecer sus respectivas ermitas. De tal forma, las imágenes de la Virgen de las Reliquias y de la Virgen de Guía, fueron trasladadas en 1825 y 1932, respectivamente, a la ermita de Consolación, tras el abandono de sus ermitas, situadas también extramuros de la Villa. Un proceso parecido sufrióa la otra gran devoción protectora, San Sebastián, que aún ostentando el Patronazgo sobre Cartaya, fue trasladada su imagen a la Parroquia y abandonada su Ermita. Aún así, a diferencia de las otras devociones protectoras, San Sebastián seguirá procesionando, junto con San Roque, con motivo de calamidades públicas; aunque siempre acompañados de la Virgen de Consolación, que ya por entonces se había configurado como la principal devoción Protectora de la Villa.


Girará entonces en el siglo XIX el panorama religioso en torno a la Parroquia, el Convento de la Merced y la Ermita de Consolación, y consecuencia de toda esta situación es la dualidad de advocaciones marianas que llega a nuestros días, Consolación y Rosario, cada una con caracteres propios que fueron adquiriendo a lo largo del tiempo, y cuya cristalización definitiva se produce ya en el siglo XX con la supremacía devocional de la Stma. Virgen de Consolación sobre las demás advocaciones marianas de nuestro pueblo. En el siglo XIX Nuestra Señora de Consolación aparece como heredera de los tradicionales cultos protectores de las ermitas del extrarradio, y en el mantenimiento de su devoción frente a la desaparición de las anteriormente comentadas, confluyen varias causas. El factor determinante podría ser el empeño de D. Celestino Maestre, Capellán de la ermita y gran devoto de la Santísima Virgen de Consolación, potenciado este empeño en primer lugar por la incidencia de epidemias y sequías en la mentalidad popular, y por otro lado por la tendencia a reducir las las devociones religiosas fruto del auge político de las corrientes liberales.

Las noticias que aporta D. Celestino Maestre indican que hacia 1859 se celebraba en las inmediaciones de la Ermita una fiesta de caracter popular que atraía a feriantes de toda la región, la cual aparece citada, entre otros nombres, con el de Romería de Consolación. Se celebraba anualmente el día 12 de Septiembre, en la festividad del Dulce Nombre de María, y era costeada, al menos en esos momentos, por el Ayuntamiento de la localidad. Pudo tratarse unicamente de una velada festiva, o revestir un caracter económico o comercial, como ocurría en otras ermitas de la comarca. Hasta poco antes de 1787 se celebraba una Feria en la ermita, pero la conexión entre los dos eventos es dudosa, puesto que la Feria de Consolación dieciochesca se celebraba en agosto, mientras que la romería decimonónica en septiembre. Aunque se desconoce la fecha de inicio de esta última, es probable que se extienda un amplio paréntesis temporal entre ambas, extinguiéndose igualmente, a causa, según diversas fuentes, de coincidir con otras fiestas de pueblos cercanos así como con la cercana Feria que se celebraba en los días siguientes a la festividad del Rosario. Esta romería por lo tanto no ha llegado a nuestros días, no obstante, la tradición popular ha conservado el recuerdo de los festejos en la ermita, hasta el punto de atribuir a la imagen un supuesto antiguo patronazgo, aunque sin base documental.


A pesar de la posible competencia de las dos devociones marianas de Cartaya, el siglo XIX fue una buena época de la devoción de Consolación, marcada por los momentos de difusión de ésta, emprendida esta tarea a finales del s. XVIII el Venerable Contreras y continuada ahora en el siglo XIX con la reimpresión y divulgación de su novena (al menos en 1807 y 1846), o la publicación de grabados y estampas votivas que difundían indulgencias (1846 y 1861). En esta misma línea de popularización se encuentran también las referencias a la Peana chica , humilladero en el que se alojaba a la Virgen Chica, para la que se hacen diversos enseres en 1857, y donde se recibían limosnas de los devotos. Esta imagen puede ser la que se conserva en la actualidad en una pequeña urna, con la función de ser llevada por turnos a las casa de los fieles y que en su día estuvo en el humilladero nuevo.


Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

jueves, 10 de febrero de 2011

Historia: Siglo XVIII


A pesar de la crisis económica, política y social en la que Cartaya se encuentra sumida en la entrada del s.XVIII, el auge devocional a la Santísima virgen se prolonga hasta el primer cuarto del siglo. Ejemplo de ello es el mantenimiento de las Capellanías fundadas en el siglo anterior y las visitas canónicas, en las que se indica que la ermita estaba cuidada y con ornamentos, así como que la Virgen tenía una gran devoción en la Villa. Por entonces, la ermita seguía a cargo del administrador de las ermitas y era cuidada por un ermitaño con licencia del Provisor del Arzobispado.

A partir del segundo cuarto del siglo Cartaya conoce una etapa de recuperación económica y social. Se produce entonces el progreso del espíritu ilustrado del siglo XVIII, y su encubramiento de la Razón como idea rectora de la actividad humana va actuando frente a las tradiciones religiosas heredadas. Con todo ello, el auge de la devocion experimentado en el siglo anterior, entra en un periodo de decadencia, de la que se recuperara totalmente a finales de siglo.

Desde los primero años de la centuria, se tienen datos de que se celebraba en el santuario una especie de Feria, como lo atestiguas las rentas que el Duque de Béjar percibia por <<la alcavala de la feria de Consolación, exttramuros de dha. villa >>. Se trataba de un acontecimiento festivo-comercial, que pervivió hasta las cercanías de 1787. Se celebraba el día 15 de agosto, y es posible que existiese una relación entre este festejo y la capellanía fundada en el siglo anterior. Mantendría por entonces la Virgen una dualidad de fiestas: los festejos de agosto y la procesión de septiembre.

Según se va acercando el final del siglo, la devoción vuelve a impulsarse, siendo estos aos finiseculares significativos en cuanto a una importante renovación del culto y de la propia imagen.

El licenciado don Juan de Ballinas recoge en su memoria familiar un dato importante dentro de la historia local, que no es otro que la renovación de la imagen de la Santísima Virgen. La imagen vino a sustituir a la anterior, reproducida en el grabado de 1632, y de impornta renacentista, pues posiblemente se encontraba e mal estado y por otro lado no respondía a los gustos estéticos de la época. La nueva imagen fue realizada en Sevilla, y podría adjudicarse a la mano de escultor academiscista Blas Molner. Esta imagen de la Virgen, sería ya el centro de las oraciones de los cartayeros hasta su pérdida en 1936.

Otro hecho importante, que pone de manifiesto la devoción que la imagen despertaba, es la redacción en el último cuarto de siglo por el Venerable Padre Juan Gabriel de Contreras de la <<Novena a María Santísima de Consolación cuya milagrosa imagen se venera en su ermita situada en el campo de la villa de Cartaya>>.

Termina el siglo con un nuevo impulso de la devoción, que irá creciendo hasta alcanzar de nuevo un punto álgido a mediados de la centuria siguiente con la figura de D. Celestino maestre y la devoción popular de los cartayeros.

Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

viernes, 13 de marzo de 2009

Historia: Siglo XVII



La ermita entra en el siglo XVII convertida en enfermería para los enfermos de peste, forma en laque aparece citada en el acta capitular de 1 de julio de 1602. En otra acta de 8 de Septiembre del mismo año se recoge como la peste había terminado y los enfermos que había en la ermita todos curados, por lo que se tenía que hacer saber de esto en los demás pueblos de la comarca.

Por aquellas fechas, y parece que desde su fundación, la ermita era administrada por un mayordomo que se ocupaba también de otras ermitas, nombrado directamente por el Prior de ermitas del arzobispado de Sevilla. El sustento económico de la ermita radicaba en ganado y tierras de su propiedad, limosnas ,entre ellas las de sepultura, y ofrendas.

A principios de este siglo la imagen contaba con un acentuado fervor popular, como se percibe de la mayor percepción de limosnas y que se celebrara en el santuario una feria, de carácter probablemente comarcal. Estos fueron los inicios de una época de auge de la devoción, fruto del cual se produjeron obras en la ermita en 1663.

Pero el dato por el cual se afirma con rotundidad este auge devocional es la fundación en 1667 de un patronato para hacer una fiesta con procesión, sermón y misa cantada, en el día del Nombre de María, por parte de Tomás Antonio Jurado. Esta fundación particular daría lugar probablemente a la primera procesión de la Virgen, siendo así mismo la primera salida de la que se tiene constancia documental. Por su situación extramuros de la población, la procesión de la Virgen se circunscribía al ámbito físico de la ermita y su zona aledaña, sin que el cortejo descendiese hasta la villa.

Esta situación de auge devocional se vio reforzada por la fundación de capellanías en la ermita y no la parroquia como era lo más común, las cuales están constatadas desde 1670. A partir de 1685 los datos son más precisos, y hay conocimiento de la fundación ese mismo año de una capellanía por Don Diego Guerrero que instituye una misa cantada el día de la Virgen de Agosto con vísperas el día antes, así como otra en 1699 de Gonzalo Martín Romero, entre otras.

Confirma este auge de la devoción la organización de una procesión de rogativa en 1675 en la que el Cristo de la Sangre se dirige hacia la ermita, donde se integraría la Virgen a la procesión para bajar ambos a la Parroquia, únicos casos en los que se conoce que bajara la Virgen a la Villa en dicha centuria. Esta inclusión de la Virgen en la rogativa confirma su carácter de devoción protectora en enfermedades y calamidades públicas, debiendo entenderse como una prueba de la fuerte devoción popular que iba alcanzando.


Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997

martes, 10 de marzo de 2009

Historia: Siglos XV-XVI



La fundación de la actual Villa de Cartaya remonta sus orígenes al siglo XV. No hay constancia documental alguna de la devoción a la Santísima Virgen por aquellas fechas, ocupando el contexto devocional de la Cartaya de la época otras advocaciones como San Pedro, el titular de la Parroquia, San Sebastián, cuya ermita existía ya en 1509, la Virgen de las Reliquias y San Marcos.

Entre las devociones del s. XVI ya aparece la Santísima Virgen de Consolación, aunque la oscuridad documental de estos momentos hace imposible precisar la fecha exacta en la cual nació la devoción a la Santísima Virgen de Consolación en Cartaya.

El dato principal en que se asientan los orígenes de la devoción en la centuria decimoquinta la encontramos en documentos de 1603 que hablan de la ermita, en los cuales se constata la existencia de la devoción, el edificio y las rentas desde años antes. La ermita se ubicó en un altozano en el extrarradio del actual casco urbano, por aquella época bastante alejada de la población.

La fundación de la ermita ha sido tradicionalmente atribuida a un indiano Cartayero que envió el dinero suficiente para su construcción, y esta fundación particular es recogida también por Pascual Madoz. Aunque esta hipótesis no está confirmada por datos concretos, adquiere bastante credibilidad dada la alta cantidad de Cartayeros que emigraron a América alcanzando fortuna alguno de ellos. De lo que no tenemos constancia es de si este indiano habría instaurado la devoción o potenciado un culto de existencia anterior. Lo que si es cierto es que a lo largo del s. XVI afectaron varias epidemias y hambrunas, situaciones habituales en la recurrencia a devociones protectoras, por lo que muy posiblemente es este contexto se diera el nacimiento y expansión de la devoción a la Virgen de Consolación. Esta concepción de devoción protectora, remediadora de aflicciones y dispensadora de gracias y consuelo, estaría a partir de entonces unida a la de la Santísima Virgen. La relación de la Santísima Virgen con las enfermedades no se limitaba al alivio espiritual, ya que en determinadas ocasiones la ermita fue convertida en enfermería, en casos de epidemias.


Fuente: La Ermita de Consolación de Cartaya. Asociación Cultural Carteia. 1997